Roma, tal como la conocemos la espléndida ciudad de palacios y plazas dominados por la cúpula de San Pedro, fue una creación del papado, remodelada y erigida de nuevo a finales de la Edad Media tras un largo periodo de abandono.
Encarnaba una nueva estética: los ideales clásicos de simetría, axialidad, centro, jerarquía y unidad concretados y aprovechados para los requerimientos del poder eclesiástico y la responsabilidad cívica.