De brújula, me aventuré a calificar al diccionario. Más bella y profundamente, Pablo Neruda lo llamó árbol.
Como todo árbol, los diccionarios nacen, crecen, se les secan hojas, pierden ramas, mueren. Algunos se fosilizan. El diccionario de mañana, el de los medios electrónicos -abonado, claro, por la mente humana- será más frondoso y de más larga vida, como gigantescos y centenarios ahuhuetes.