1924. John Cromartie y Josephine Lackett pasean por los Jardines de la Sociedad Zoológica de Londres. Es un día de finales de febrero con cierto aroma primaveral ya.
Pasean delante de las jaulas de numerosos animales mientras discuten sobre el amor y su propio futuro. Y allí mismo, justo en ese momento, fruto del ardor de la discusión, John tiene una idea «peregrina» que en un primer instante sólo pretende responder, de algún modo, a las palabras de Josephine: hacerse exhibir en el propio zoo como si fuera un animal más. Sí, como si fuera parte de la colección de fieras.
«En aquel momento se dijo a sí mismo que lo haría para humillar a Josephine. Si lo amaba, aquello haría que ella sufriera, y si no lo amaba, a él le daría igual estar en un sitio que en otro.»